Discurso del Pte. Alemán Joachim Gauck en conmemoración del Genocidio Armenio

En el marco del 103° aniversario del Genocidio Armenio, presentamos una serie de publicaciones con el fin de contribuir con nuevas herramientas para conmemorar y continuar la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia, en contra del negacionismo y por el Reconocimiento y Reparación del Genocidio.
En esta oportunidad les acercamos el discurso del Presidente Federal de Alemania Joachim Gauck, en el “Servicio Ecuménico de la Catedral de Berlín en conmemoración del genocidio sufrido por los Armenios, Arameos y Griegos del Ponto”, el 23 de abril de 2015 en Berlín.
Quiero empezar haciéndoles llegar mi profundo agradecimiento a sus Excelencias, por organizar este servicio en el corazón de la ciudad de Berlín, por parte de las iglesias y por la invitación estar aquí esta noche. Mi presencia es la prueba del hecho que el Estado alemán y sus líderes políticos siempre sienten un fuerte sentido de compromiso por aceptar el pasado de manera honesta, adecuada y de forma autocrítica.
En este servicio, señoras y señores, estamos conmemorando los cientos de miles de armenios quien fueron víctimas del asesinato planificado y sistemático hace un siglo.
Hombres, mujeres, hijos y los mayores fueron deportados, enviados en marchas de la muerte, abandonados en la estepa y el desierto sin ningún hogar o comida, quemados vivos, perseguidos y golpeados hasta la muerte y fusilados indiscriminadamente.
Este acto criminal planificado y calculado fue cometido contra los armenios por una razón y por una sola razón: porque eran armenios.
Al día de hoy, con nuestros conocimientos, y con las experiencias de los horrores políticos y humanitarios de las recientes décadas, nos queda claro que el destino de los armenios ilustra la historia de aniquilaciones masivas, limpiezas étnicas, deportaciones y genocidios, que han dañado al siglo veinte de manera tan terrible.
Esos crímenes fueron cometidos en las sombras de guerras. La guerra servía también para legitimar esos actos barbáricos. Esto es lo que pasó con los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Es también lo que pasó en otras partes a lo largo del último siglo. Y es, a veces, lo que sigue ocurriendo con muchas otras minorías religiosas y nacionales hoy en día. Fueron marcados como espías, como los esbirros de poderes extranjeros, como amenazas a la unidad nacional, como enemigos del pueblo o enemigos raciales, o como elementos patógenos que infectaban el cuerpo político.
Recordamos las víctimas para que ellas y sus destinos no sean olvidados. Las recordamos por sus propios intereses. Sobre todo, llamamos a la dignidad inalienable de cada ser humano. Mientras esa dignidad no puede ser destruida, hay potencial ilimitado de hacer caso omiso sobre esa dignidad, violándola y pisoteándola.
Recordamos a las víctimas para que vuelvan a tener voz, para que su historia se cuente -una historia que hubiera debido desaparecer sin rastro-.
Y también recordamos a las víctimas por nuestro propio interés. Sólo podemos preservar nuestra humanidad asegurando que no sólo son los vencedores y la memoria de los vivos que determina la historia, sino que los que fueron vencidos, los desaparecidos, los traicionados y los aniquilados, también tienen voz.
Conmemorar a las víctimas sólo sería la mitad del acto de memoria si fallamos hablar de los perpetradores. No hay víctimas sin perpetradores. Los perpetradores, los que en esta época gobernaron el Imperio otomano y sus secuaces , como todos perpetradores de un asesinato masivo motivado por la raza, la etnia o la religión- estaban convencidos, hasta el fanatismo, de que lo que hicieron era una acción correcta.
La ideología de los Jóvenes Turcos vio en la idea de un estado nacional étnicamente homogéneo, con una única religión; una alternativa a la tradición perdida de la coexistencia de diversas personas y religiones, tras el fracaso del Imperio otomano. Las divisiones étnicas y la posterior limpieza étnica y expulsión, muchas veces formaban el lado más oscuro del surgimiento de estados nacionales al inicio del siglo XX. Las ideologías que proclaman la unidad y la pureza frecuentemente llegan a le exclusión y expulsión, para finalmente, generar actos asesinos. En el Imperio otomano, eso se desarrolló en una dinámica genocida, en la que los armenios fueron las víctimas.
Actualmente, estamos en el centro de un debate sobre el término más adecuado para describir y explicar los eventos que ocurrieron hace cien años. Pero tenemos que asegurarnos que este debate no se refiere únicamente a diferencias en terminología. Lo más importante es que todavía, después de cien años, se reconoce, deplora y lamenta la aniquilación sistemática de un pueblo en su completa y terrible verdad. Si fallamos, perdemos la dirección de la brújula que guía nuestras acciones y perdemos nuestro propio respeto.
Si logramos comprender nuestra historia, si llamamos a la injusticia por su nombre, aunque nuestra gente sea culpable de esa injusticia, nos mantenemos unidos en nuestro compromiso de respetar los derechos y derechos humanos en nuestra vida diaria, entonces conseguiremos preservar la dignidad de las víctimas y formar una base humana compartida para la coexistencia dentro de y más allá de nuestras fronteras.
No estamos condenando a ninguna persona viva hoy recordando el evento. Los perpetradores del crimen cometido hace mucho tiempo ya no están con nosotros, y sus hijos y los hijos de sus hijos no pueden ser declarados culpables. Sin embargo, lo que los descendientes de las víctimas tienen el derecho esperar es que los hechos históricos y la culpabilidad histórica, sean reconocidos como tales. Forma parte de la responsabilidad de los vivos hoy sentir un profundo compromiso por el respeto y la protección del derecho a la vida y los derechos humanos de cada individuo y de cada minoría.
Por lo tanto, en el caso de los armenios, seguimos el principio de nuestra profunda experiencia humana, que nos enseña que podemos liberarnos de la culpabilidad reconociéndola y no podemos liberarnos de la culpabilidad negándola, reprimiéndola o trivializándola. En Alemania hemos, después de mucho trabajo y de un dilación vergonzosa, aprendido a recordar los crímenes cometido durante el periodo de Nacionalsocialismo, en especial sobre la persecución y aniquilación de los Judíos europeos. Al hacerlo, también hemos aprendido a diferenciar entre la culpabilidad de los perpetradores, que tiene que ser reconocida y identificada incondicionalmente, y la responsabilidad de sus descendientes a comprometerse con actos adecuados de conmemoración.
Es de gran importancia, recordar en Alemania, también, el asesinato del pueblo Armenio. Descendientes de armenios y turcos viven allí, y cada uno tiene su propia historia que contar. Sin embargo, es importante por el deseo de una coexistencia pacífica, que todos sigamos los mismos principios objetivos cuando nos reconciliamos con el pasado.
En este caso, los alemanes tenemos que participar en este proceso porque compartimos la responsabilidad y, quizás, la culpabilidad, en el genocidio cometido contra los Armenios.
Funcionarios militares alemanes fueron parte necesaria en la planificación, y hasta cierto punto llevaron a cabo las deportaciones. Los observadores y diplomáticos alemanes, sabían claramente del intento de destrucción de los armenios. Muchas de sus recomendaciones fueron pasados por alto e ignoradas. Al fin y al cabo, el Reich alemán no quería dañar sus relaciones con su aliado otomano. El Canciller del Reich, Bethmann Hollweg, quien fue informado sobre la persecución de los Armenios con detalle preciso por un enviado especial, comentó secamente en diciembre de 1915 que: “Nuestro único objetivo es mantener Turquía de nuestro lado hasta el fin de la guerra, independientemente de si mata a los Armenios a lo largo de este proceso o no.” Nos duele escucharlo, pero también es importante recordar que algunos alemanes, entre ellos el muy dedicado Johannes Lepsius, hizo conocido el sufrimiento de los armenios en todo el mundo al publicar sus memorias personales.
Fue el médico Armin Theophil Wegner quien capturó con su cámara el destino de los Armenios y llevó su trabajo al público Alemán, tras la guerra. Y fue el austriaco Franz Werfel quien puso en marcha un monumento artístico por la resistencia de los armenios contra su destrucción planificada, con su novela Los Cuarenta Días de Musa Dagh. Esta obra fue rápidamente prohibida después de su publicación en 1933. Pero era leída en los guetos judíos de Bialystok y Vilnius- como un augurio de lo que pronto pasaría. Por lo tanto, ambos, los censores del Tercer Reich y la población judía, comprendieron en un libro una historia completa y verdadera.
Cuando Adolf Hitler envió al ejército Alemán atacar Polonia y explicó sus planes a sus comandantes en su orden de operación del 22 de agosto de 1939, que les animaba a “matar sin piedad o merced, a todos los hombres, mujeres e hijos de descendencia o idioma polaco”, esperaba que la reacción sea de desinterés colectivo, y concluyó su arenga con una pregunta retorica: “¿quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los Armenios?”
¡Estamos hablando de ellos! ¡Lo estamos! Hasta hoy, cien años después, todavía hablamos de esto- sobre esto y otros crímenes de lesa humanidad y contra la dignidad humana. Lo hacemos para no darle razón a Hitler. Y lo hacemos para que ningún dictador, ningún tirano y nadie quien considera la limpieza étnica como algo legítimo pueda esperar que sus crímenes sean ignorados u olvidados.
Sí, estamos hablando de los hechos incómodos de la historia, sobre la negación de responsabilidad y sobre la culpabilidad pasada. No lo hacemos para restringirnos al sombrío del pasado, sino que para ser vigilantes y reaccionar en tiempo cuando individuos y la gente son amenazadas por la aniquilación y el terror.
Está bien hacer estas cosas, cuando lo hacemos juntos, no separados según denominaciones y religiones o idiomas, y tampoco según las fronteras étnicas y de estado. Hoy, estamos agradecidos por cado símbolo de memoria y reconciliación alrededor del mundo. Y estoy especialmente agradecido por cada símbolo prometedor de comprensión y de acercamiento entre turcos y armenios.
Nadie debe tener miedo de la verdad. No puede haber reconciliación sin la verdad. Sólo juntos podemos superar lo que nos dividía y sigue dividiéndonos. Sólo juntos podremos disfrutar de un futuro brillante en este único mundo confiado a todos.
Discurso del Presidente de Alemania, Joachim Gauck.
23 de Abril de 2015. Berlín.
Traducción realizada por el equipo de la FLH.

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